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ANP > Noticias > La posverdad, una mentira creíble 10 / 02 / 2018

La posverdad, una mentira creíble

 La Universidad de Oxford lo nombró el término del año en 2016; se trata de la posverdad, concepto que alude a la desinformación que se publica bajo la apariencia de verdad. Es el caso de las noticias falsas y la divulgación de rumores, ejemplos de un fenómeno que ha cobrado fuerza en el mundo y que supone uno de los principales desafíos para el periodismo en la actualidad.

Por Juan Pablo Casado.

La mentira como un arma de seducción es una figura reiterada en la historia. En la literatura el demonio basa su encanto en ella, tal es el caso del Mefistófeles de Goethe; en la religión, Satán la utiliza para tentar al hombre. En la cotidianidad es un recurso usado todos los días. La política no se escapa; son incontables los ejemplos de demagogos que la emplean para ganarse la venia de la opinión pública. Promesas incumplidas, aseveraciones que esconden propósitos opuestos, mera propaganda. La mentira siempre está ahí.

Hoy, la posverdad se erige como una variación de la vilipendiada mentira. El término apareció en el artículo “Post-truth politics”, publicado en 2010 por el periodista norteamericano David Roberts, quien reflexionó acerca del círculo vicioso con el que la sociedad elige a sus políticos. Si la filosofía ve al ciudadano como un individuo que toma sus decisiones de manera informada, en la realidad contemporánea el votante delega su soberanía en gobernantes que comparten su visión valórica del mundo. En este contexto, el peso del voto deriva de un sentido de pertenencia a ideas valóricas determinadas más que a un proceso deductivo derivado de un análisis detenido de los datos disponibles: “voto por quien comparte mis valores” más que “reúno datos, deduzco conclusiones y asumo una posición”; es preferible una mentira que defienda valores a una verdad que desarticule una visión concreta del mundo.

Aquello que diferencia a este fenómeno de una simple mentira es que no busca manipular ni falsear lo que es verdad, sino que se intenta darle a esta última un lugar secundario. El resultado es el fortalecimiento de los prejuicios en la sociedad; se adhiere a quien comparta mis valores, más allá de hacer un análisis detenido de la veracidad detrás de los dichos emitidos, de generar discusión. Aquí, el sentimiento es el protagonismo, no los hechos.

La posverdad manipula a la opinión pública a través de aserciones que en apariencia se asoman como verdaderas pero que en el fondo no se sostienen en ningún hecho real.

“Querer engañar ha sido una ‘tentación’ repetida en el tiempo. El manipulador aprovecha esa debilidad de la audiencia”, asegura María José Lecaros, presidenta del Consejo de Ética de los Medios, quien ve en la difusión de este tipo de contenido un simulacro informativo: “Esta llamada ‘posverdad’ que hoy parece esconderse en las redes, o en burdos mensajes de una seudocomunicación institucional, se ha dado siempre bajo anonimato: como rumor malintencionado, ‘asesinato de imagen’, eslogan, estereotipo, burla. No era, ni es, comunicación, sino mentira y abuso de poder, donde unos pocos probablemente ganan algo y todos, personas y sociedad, pierden mucho.”

Arch Puddington, director de investigación de la ONG norteamericana Freedom House, cree que la posverdad “busca levantar preguntas acerca de todo lo que nosotros creemos. No necesariamente trata de promover una idea o realidad alternativa. Un ejemplo es ‘el 9/11 fue realizado por el Gobierno de Estados Unidos’. La gente no es que diga ‘así fue’, sino que dicen ‘hay evidencia que sugiere que fue absolutamente posible que fuerzas en el Gobierno norteamericano fueron responsables del 9/11’. Esto deja al público preguntándose cuál versión de la verdad es la realidad”.

El investigador ve a Vladimir Putin como el gobernante que ha utilizado de manera más agresiva la posverdad: “Levantan preguntas acerca de las elecciones en Estados Unidos, que quizás está arreglada. Ellos dicen ‘no decimos que fue arreglada, pero hay evidencia de que así fue’. De eso se trata la posverdad, la meta no es promover la idea rusa como superior a las demás, sino que promover el pensamiento de que ningún concepto de verdad existe y que la perspectiva rusa es tan válida como la de Estados Unidos.” El objetivo es hacer creer a la gente que cualquier cosa es verdad.

El resultado es la trivialización de la verdad misma.

En el caso sudamericano, Puddington se muestra preocupado por los gobiernos de la región que han intervenido de manera directa con la prensa: “Nosotros en Freedom House hemos estado preocupados del surgimiento de movimientos populistas como Chávez, como Correa, como la señora Kirchner. Creemos que parte de las metas de estos líderes es generar cambios en los medios de comunicación para hacer que estos los apoyen.”

Ecosistema virtual

La motivación detrás de las noticias falsas tiene diversas fuentes. Generación de tráfico, divulgación de rumores que sostengan una agenda determinada, segregación de grupos en la sociedad, el fomento del odio o el simple deseo de pertenecer a un grupo que comparta una visión determinada del mundo.

En el informe titulado "Media Manipulation and Disinformation Online", escrito por las investigadoras Alice Marwick y Rebecca Lewis, del think-tank estadounidense Data & Society, se describe cómo la web se ha transformado en un ecosistema donde diversas subculturas –tales como los trolls, individuos que deliberadamente incitan respuestas emocionales en la audiencia– difunden desinformación a través de noticias falsas y manipulación de los medios. La facilidad con la que personas de miradas similares se puedan reunir y organizar en internet ha generado grupos que promueven una agenda que usa un lenguaje anclado en el odio y la antipatía.

Para la fundadora de Data & Society, danah boyd "[sic]", el periodismo y los medios de comunicación insertos en el contexto de la posverdad se ven incentivados a publicar noticias que tienen como principal finalidad capturar la atención del público. Esa es la meta que debe lograrse, más allá del método concretamente utilizado, como puede ser la difusión de rumores. “Estamos viendo periodistas ser manipulados por aquellos que buscan capitalizar su deseo de aparecer como si fuesen los primeros en cubrir una historia. Una de las cosas más difíciles –pero más importantes– que los medios de comunicación tienen que empezar a hacer: no alimentar a los trolls. Periodistas y, más importantemente, editores necesitan preguntar qué incentivos los incitan a ellos a cubrir historias. ¿Están ayudando a informar a la ciudadanía o solo ayudando a generar visitas a sus páginas?”, se pregunta la comunicadora.

Según Daniel Halpern, académico de la Facultad de Periodismo de la Universidad Católica, en el pasado –cuando internet aún no se había masificado–, los medios actuaban con gran eficiencia a la hora de filtrar contenido falso. El horizonte cambió con la llegada de las redes sociales: “Los medios habían hecho un muy buen trabajo de filtrar esto; había una serie de procedimientos, desde el periodista, el editor, el director, donde hay más ojos delante que pueden notar la calidad de la información. El tema es que con las redes sociales no existen esos ojos, no hay una curatoría y las personas no son editores, no se les puede pedir que tengan un perfil que les permita entender cuándo la noticia es verdad o mentira.”

Horacio Ruiz, encargado de estudios de la Sociedad Interamericana de Prensa, mira a los buscadores virtuales y les asigna una responsabilidad concreta. Para el investigador, los métodos de indexación de contenido deben ser mejorados para evitar la desinformación: “En los formatos digitales las columnas de opinión deben estar bien diferenciadas de la información porque los motores de búsqueda como Google y Yahoo lo mezclan todo. Esto genera confusión en los lectores y es aprovechado por medios o fuentes tendenciosas o sesgadas que pueden competir a la par de los medios tradicionales. También es importante insistir en contratar más editores, sobre todo para las redes sociales y los formatos móviles, en donde hacen falta filtros adicionales para que la información veraz pueda distinguirse del resto.”

Ruiz ve en la naturaleza del contenido publicado por los medios de comunicación una solución al dilema: “Los medios deben de insistir en los contenidos de calidad. Por ejemplo, ninguna información debe publicarse sin al menos tres fuentes con diversos puntos de vista”. Otra herramienta es el fact-cheking o chequeo de datos. Este método que verifica –generalmente en tiempo real– la veracidad de los dichos y de la información publicada, permite a la audiencia saber en aquel momento si se encuentra ante información veraz o mentirosa. CNN utilizó este procedimiento durante los debates presidenciales de 2016 en Estados Unidos.

Un Chile digital y vulnerable

En Chile el entorno digital es uno de los más desarrollados en la región. Según el Informe Global de Tecnología de la Información 2016, publicado por el Foro Económico Mundial, el país lidera el ranking sudamericano de Sociedad de Información. El uso de tecnologías es una realidad cotidiana para sus habitantes. Parte orgánica de este entorno son las redes sociales, una de las plataformas más usadas para divulgar rumores y noticias falsas.

El físico chileno de la Universidad de Northwestern Cristián Huepe vislumbró en un paper publicado en 2012 los efectos de la posverdad sobre la sociedad. “Si se compara con países más desarrollados, Chile podría ser particularmente vulnerable a la posverdad porque no tuvo la oportunidad de desarrollar organismos e instituciones fuertes y creíbles en décadas pasadas, cuando la mayoría de esos países implementaron sus grandes estructuras”, cree el matemático. Para él, la ausencia de instituciones que velen por la verdad genera una desconfianza en la ciudadanía, lo que constituye “un terreno fértil para la posverdad, ya que no existen actores de confianza que le puedan entregar información objetiva a toda la sociedad que pudiera servir como punto de partida común para cualquier discusión. Finalmente, la gente no cree en tales instituciones”.

Huepe ve dos grandes focos en sinergia que facilitan la incubación de la posverdad. El primero de ellos es el “sesgo de confirmación” (confirmation bias), tendencia que prioriza la información que adhiere o confirma las creencias personales, sin tener en cuenta miradas alternativas. El segundo corresponde a la homofilia, concepto que alude a la propensión del hombre a asociarse a individuos o grupos que piensan como él: “Los algoritmos en las redes sociales tienden automáticamente a mostrarnos lo que publican nuestras conexiones con las que tenemos más afinidad, ya que asumen que esa es la información que más nos gusta y que por lo tanto hará que pasemos más tiempo en la red social. Esto también potencia a la homofilia, al punto de fragmentar la sociedad en comunidades que no accederán a ninguna información en común, ni siquiera la que debiéramos considerar como objetiva”, argumenta el físico.

Al momento de designar responsabilidades, Huepe sostiene que es un tema compartido entre la prensa, las autoridades y los ciudadanos. El periodista debe velar por la comunicación de noticias basadas en datos verídicos; el rumor debe ser evitado. Las autoridades tienen que garantizar y proteger una institucionalidad basada en la probidad y la transparencia. Solo así los ciudadanos confiarán en la política que los gobierna. En el caso del público, este debe informarse a través de fuentes reconocidas y con prestigio en el rubro. En conjunto, los tres factores se transforman en el camino para llegar a la verdad en medio de un mundo virtual que desinforma al público con noticias irrelevantes y falsas.